Editorial
de Crónicas
Por
Marcela Depiera
Que
un cronista se despoje de su imaginación; que la ficción quede fuera
de su crónica; que su mirada pueda ver la realidad desde todos los
ángulos posibles, es tan imposible como pedirle el lector que, mientras
lee, transporte su cuerpo al lugar de los hechos. Por eso inauguro
este editorial con un pedido y advertencia: créanle a los cronistas.
Créanle que estuvieron allí. Créanle solo eso. La palabra
es puro cuento. Por suerte.
Infinitas realidades y fantasías se entremezclan en cada escrito
porque lo visto y vivido se compone de ellas, así como la pulcra
objetividad nunca reina en la más pulcra de las informaciones. Si
la Historia se conoce por crónicas, no es menos cierto que
en esas mismas crónicas se hizo.
Hay que creer mucho para poder ver y sostengo que el mayor de los
beneficios que nos brinda la escritura, en todos su géneros, es
que nos presta ojos para ver. Ojos para fabricar nuestras imágenes;
ojos para adueñarnos de una historia; ojos para mirar mientras leemos.
Leer para ver.
En esta sección tendrán un lugar aquellas cosas grandes que un día
suceden y no suceden más; cosas chiquitas que pasan y no cesan de
pasar; flashes; detalles; porqué no el back stage de una
entrevista, un experimento, un ensayo, una muestra de arte, un viaje,
una utopía. Los puntos de partida de una experiencia comienzan a
cocinarse mucho antes de lo que uno cree así como un texto nace
antes de la primer letra. A quien mostrarle la cocina si no a los
más queridos.
En fin. La definición de crónica, como género, es mucho más aburrida.
El diccionario me dice: “recopilación de hechos históricos en orden
cronológico” o “una narración libre de los acontecimientos vistos
y vividos desde la interioridad ajena” o “reconstrucción literaria
de sucesos o figuras donde el empeño formal domina sobre las urgencias
informativas”.
Por mi parte, prefiero que las crónicas sean versiones.
Bienvenidos a la cocina.
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