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Anexo III: La lógica del sentido

(Tercera serie: De la proposición)

Gilles Deleuze

 

En la clase 15 (19-III-1969) del Seminario XVI se efectúa la siguiente presentación con un diálogo previo:

“Jacques Lacan: Nassif, ¿tiene usted aún el coraje después de esta reunión agotadora —al menos para mí— de tomar aquí la palabra? Y bien, usted es gentil en exceso.

 

Jacques Nassif:— En el tiempo que me queda, deberé ir muy rápido a lo esencial. La única cosa que habría querido decir concernía a la demanda que Lacan había hecho, en que concierne a una nota situada casi en la última página del libro de Deleuze— pag. 289— es decir al cabo de no pocas series, como él se expresa. Me pregunto cómo esto es posible... Si Deleuze pone esta nota al final, es sin duda porque todas las series, verdaderamente, que él ha desarrollado convergen. Es pues, prácticamente imposible, sobre todo con el tiempo que me queda, tratar de responder a Deleuze en lo que concierne al texto que él cita. Les releo, al menos, esta nota, página 289:

 

"No pudiendo seguir aquí la tesis de Jacques Lacan, al menos como nosotros la conocemos por Laplanche, Leclaire,..etc." (*).

 

Y para tratar de ver lo que está en cuestión aquí, creo que lo mejor sería, muy rápido, tratar de retomar, ante ustedes, el análisis que hace Deleuze en su Tercera serie — empleemos su palabra— que concierne a la proposición”. [Sigue la exposición de Nassif]

 

(*) La nota completa dice lo siguiente: Referencia: "La lógica del sentido", Gilles Deleuze, edición castellana, pág. 250 nota 5; Trigésima cuarta serie: Del orden primario y del orden secundario. Editorial Paidós, Barcelona, España, 1989. Traducción: Miguel Morey. Edición original: editions Du Minuit, París, 1969.

"No podemos seguir aquí la tesis de Jacques Lacan, al menos tal y como la conocemos referida por Laplanche y Leclaire en «L'Inconscient» (Temps Modernes, julio, 1961, págs. 111 y sigs.). A partir de esta tesis, el orden primario del lenguaje se definiría por un deslizamiento perpetuo del significante sobre el significado, suponiendo que cada palabra no tenga sino un solo sentido y remita a las otras palabras por una serie de equivalentes que este sentido le abre. Por el contrario, en cuanto que una palabra tiene varios sentidos que se organizan a partir de la ley de la metáfora, deviene en cierto modo estable, al mismo tiempo que el lenguaje escapa al proceso primario y funda el proceso secundario. Es, entonces, la univocidad lo que definiría lo primario, y la equivocidad la posibilidad de lo secundario (pág. 112). Pero la univocidad es considerada aquí como la de la palabra, no como la del Ser que se dice en un solo y mismo sentido para cualquier cosa, ni tampoco del lenguaje que lo dice. Se supone que lo unívoco es la palabra, aunque al final haya que concluir que una palabra semejante no existe, no tiene ninguna estabilidad y es una «ficción». Nos parece, por el contrario, que la equivocidad caracteriza propiamente a la voz en el proceso primario; de haber una relación esencial entre la sexualidad y la equivocidad, habrá de ser bajo la forma de este límite en lo equívoco, de esta totalización que hará posible lo unívoco como verdadero carácter de la organización secundaria inconsciente".

Para una mejor intelección de los caminos que se iban surcando por aquellas épocas, junto con las ideas y problemas (los acontecimientos, la proposición) y también sus conflictos, es que traemos lo que continúa.

S.R.  

***

Entre estos acontecimientos‑efectos y el lenguaje, o incluso la posibilidad del lenguaje, hay una relación esencial: pertenece a los acontecimientos el ser expresados o expresables, enunciados o enunciables por proposiciones cuando menos posibles. Pero hay muchas relaciones en la proposición; ¿cuál es la que conviene a los efectos de superficie, a los acontecimientos?

 

Muchos autores están de acuerdo en reconocer tres relaciones distintas en la proposición. La primera se denomina designación o indicación: es la relación de la proposición con un estado de cosas exterior (datum). El estado de cosas es individuado, implica tal o cual cuerpo, mezclas de cuerpos, cualidades y cantidades, relaciones. La designación opera mediante la asociación de las palabras mismas con imágenes particulares que deben «representar» el estado de cosas: entre todas aquellas que se asocian a la palabra, a tal o cual palabra en la proposición, hay que escoger, seleccionar las que corresponden al complejo dado. La intuición designadora se expresa entonces bajo la forma: «es esto», «no es esto». La cuestión de saber sí la asociación de palabras e imágenes es primitiva o derivada, necesaria o arbitraria, no puede ser planteada todavía. Por el momento, lo que cuenta es que ciertas palabras en la proposición, ciertas partículas lingüísticas, sirven de formas vacías para la selección de imágenes siempre, es decir para la designación de cada estado de cosas: sería erróneo tratarlas como conceptos universales; son singulares formales, que tienen un papel de puros «designantes» o, como dice Benveniste, de indicadores. Estos indicadores formales son: esto, aquello; él; aquí, allá; ayer, hoy, etc. Los nombres propios son también indicadores o designantes, pero de una importancia especial ya que son los únicos que forman singularidades propiamente materiales. Lógicamente, la designación tiene por criterio y por elemento lo verdadero y lo falso. Verdadero significa que una designación está efectivamente cumplida por el estado de cosas, que los indicadores están efectuados, o la buena imagen seleccionada. «Verdadero en todos los casos» significa que el cumplimiento se da para la infinidad de imágenes particulares asociables con las palabras, sin que haya necesidad de selección. Falso significa que la designación no se cumple, sea por un defecto de las imágenes seleccionadas, sea por la imposibilidad radical de producir una imagen asociable con las palabras.

 

Una segunda relación de la proposición se denomina a menudo manifestación. Se trata de la relación de la proposición con el sujeto que habla y se expresa. Así pues, la manifestación se presenta como el enunciado de los deseos y las creencias que corresponden a la proposición. Deseos y creencias son inferencias causales, no asociaciones. El deseo es la causalidad interna de una imagen con respecto a la existencia del objeto o del estado de cosas correspondiente; correlativamente, la creencia es la expectativa de este objeto o estado de cosas, en tanto que su existencia debe ser producida por una causalidad externa. De ello no debe concluirse que la manifestación es segunda respecto a la designación: al contrario, ella la posibilita, y las inferencias forman una unidad sistemática de la que derivan las asociaciones. Hume lo percibió de un modo profundo: en la asociación de causa a efecto, es la «inferencia según la relación» la que precede a la relación misma. Este primado de la manifestación se confirma por el análisis lingüístico. Porque hay en la proposición unos «manifestantes» como partículas especiales: yo, tú; mañana, siempre; en otra parte, en todas partes, etc. Y del mismo modo como el nombre propio es un indicador privilegiado, Yo es el manifestante de base. Pero no son sólo los otros manifestantes quienes dependen del Yo, sino que es el conjunto de indicadores los que se relacionan con él (1).

La indicación o designación subsumía los estados de cosas individuales, las imágenes particulares y los designantes singulares; pero los manifestantes, a partir del Yo, constituyen el dominio de lo personal que sirve de principio a toda designación posible. En definitiva, de la designación a la manifestación, se produce un desplazamiento de valores lógicos representado por el Cógito: no ya lo verdadero y lo falso, sino la veracidad y el engaño. En el célebre análisis del pedazo de cera, Descartes no busca en ningún modo lo que permanece en la cera, problema que ni siquiera se plantea en este texto, sino que muestra cómo el Yo manifestado en el Cogito funda el juicio de designación según el cual la cera es identificada.

 

Debemos reservar el nombre de significación para una tercera dimensión de la proposición: se trata esta vez de la relación de la palabra con conceptos universales o generales y de las relaciones sintácticas con implicaciones de concepto. Desde el punto de vista de la significación, consideraremos siempre los elementos de la proposición como «significando» implicaciones de conceptos que pueden remitir a otras proposiciones, capaces de servir de premisas a la primera. La significación se define por este orden de implicación conceptual en el que la proposición considerada no interviene sino como elemento de una «demostración», en el sentido más general del término, sea como premisa, sea como conclusión. Los significantes lingüísticos son entonces esencialmente «implica» y «luego». La implicación es el signo que define la relación entre las premisas y la conclusión; «luego» es el signo de la aserción que define la posibilidad de afirmar la conclusión por sí misma como resultado de las implicaciones. Cuando hablamos de demostración en el sentido más general, queremos decir que la significación de la proposición se encuentra así siempre en el procedimiento indirecto que le corresponde, es decir, en su relación con otras proposiciones de las que es concluida o, inversamente, de las que posibilita la conclusión. La designación remite, por el contrario, al procedimiento directo. La demostración no debe entenderse en sentido restringido, silogístico o matemático, sino también en el sentido físico de las probabilidades, o en el sentido moral de las promesas y compromisos, estando representada la aserción de la conclusión en este primer caso por el momento en el que la promesa se cumple de modo efectivo (2). El valor lógico de la significación o demostración entendida de este modo no es ya la verdad, como lo muestra el modo hipotético de las implicaciones, sino la condición de verdad, el conjunto de condiciones bajo las que una proposición «sería» verdadera. La proposición condicionada o concluida puede ser falsa, en tanto que designa actualmente un estado de cosas inexistente, o no directamente verificado. La significación no funda la verdad sin hacer también posible el error. Por ello, la condición de verdad no se opone a lo falso, sino a lo absurdo: lo que no tiene significación, lo que no puede ser ni verdadero ni falso.

 

La pregunta: ¿es la significación a su vez primera respecto a la manifestación y la designación? requiere una respuesta compleja. Porque si la manifestación misma es primera respecto a la designación, si es fundadora, es desde un punto de vista muy particular. Retomando una distinción clásica, diremos que es desde el punto de vista del habla, aunque sea un habla silenciosa. En el orden del habla es el Yo quien empieza, y quien empieza de modo absoluto. En este orden, es pues primero, no sólo respecto a toda designación posible que funda, sino también respecto a las significaciones que envuelve. Pero, precisamente, desde este punto de vista, las significaciones conceptuales ni valen ni se despliegan por sí mismas: permanecen sobreentendidas por el Yo, que se presenta como dotado de una significación inmediatamente comprendida, idéntica a su propia manifestación. Por ello, Descartes puede oponer la definición del hombre como animal razonable a su determinación como Cogito: pues la primera exige un desarrollo explícito de los conceptos significados (¿qué significa animal?, ¿qué significa razonable?), mientras que la segunda se supone comprendida nada más dicha (3).

Este primado de la manifestación, no sólo respecto a la designación, sino respecto a la significación, debe entenderse pues en un orden del «habla» en el que las significaciones permanecen naturalmente implícitas. Sólo ahí el yo es primero respecto a los conceptos: respecto al mundo y a Dios. Pero si existe otro orden en el que las significaciones valen y se desarrollan por sí mismas, entonces, allí ellas son primeras y fundan la manifestación. Este orden es precisamente el de la lengua: una proposición no puede aparecer en ésta sino como premisa o conclusión, significando conceptos antes de manifestar un sujeto o, incluso, de signar un estado de cosas. Por ello, desde este punto de vista, conceptos significados, tales como Dios o el mundo, son siempre primeros respecto del yo como persona manifestada, y de las cosas como objetos designados. Más generalmente, Benveniste ha mostrado que la relación de la palabra (o mejor, de su propia imagen acústica) con el concepto sólo era necesaria, y no arbitraria. Unicamente la relación de la palabra con el concepto goza de una necesidad que las otras relaciones no tienen, aquellas que permanecen en lo arbitrario en tanto que se las considera directamente, y sólo salen cuando se las relaciona con esta primera relación. Así pues, la posibilidad de hacer variar las imágenes particulares asociadas a la palabra, de sustituir una imagen por otra bajo la forma de «no es esto, es esto», no se explica sino por la constancia del concepto significado. Igualmente, los deseos no formarían un orden de exigencias o incluso de deberes, distintos de una simple urgencia de las necesidades, y las creencias no formarían un orden de inferencias distinto de las simples opiniones, si las palabras en las que se manifiestan no remitieran en primer lugar a conceptos e implicaciones de conceptos que hacen significativos estos deseos y estas creencias.

Sin embargo, el supuesto primado de la significación sobre la designación todavía plantea un problema delicado. Cuando decimos «luego», cuando consideramos una proposición como concluida, la hacemos objeto de una aserción, es decir, dejamos de lado las premisas y la afirmamos por sí misma, independientemente. La remitimos al estado de cosas que designa, independientemente de las implicaciones que constituyen su significación. Pero, para ello, son precisas dos condiciones. Es preciso, en primer lugar, que las premisas sean enunciadas como verdaderas efectivamente; lo que ya nos obliga a salir del puro orden de implicación para relacionarlas con un estado de cosas designado que se presupone. Pero luego, incluso suponiendo que las premisas A y B sean verdaderas, de ellas no podemos concluir la proposición Z en cuestión, no podemos desligarla de sus premisas y afirmarla por sí con independencia de la implicación, más que admitiendo que es, a su vez, verdadera si A y B son verdaderas: lo que constituye una proposición C que continúa dentro del orden de la implicación, que no alcanza a salir de él, ya que remite a una proposición D, que dice que Z es verdadera si A, B y C son verdaderas... hasta el infinito.

Esta paradoja, central en la lógica y que tuvo una importancia decisiva para toda la teoría de la implicación y la significación simbólicas, es la paradoja de Lewis Carroll, en el célebre texto «Lo que la tortuga dice a Aquiles» (4) (5). En resumen: con una mano se desliga la conclusión de las premisas, pero a condición de que, con la otra mano, se añadan siempre otras premisas de las que la conclusión no puede desligarse. Lo que equivale a decir que la significación no es nunca homogénea; o que los dos signos «implica» y «luego» son completamente heterogéneos; o que la implicación nunca alcanza a fundar la designación si no es dándosela enteramente hecha, una vez en las premisas y otra vez en la conclusión.

De la designación a la manifestación, y luego a la significación, pero también de la significación a la manifestación y a la designación, estamos atrapados en un círculo que es el círculo de la proposición. La cuestión de saber si debemos contentarnos con estas tres dimensiones, o si es preciso añadir una cuarta que sería la del sentido, es una cuestión económica o estratégica. No es que debamos construir un modelo a posteriori que corresponda a unas dimensiones previas; sino porque el modelo mismo debe ser apto para funcionar a prior¡ desde el interior, debe introducir una dimensión suplementaria que no habría podido ser reconocida, a causa de su evanescencia, desde el exterior en la experiencia. Es pues una cuestión de derecho, y no solamente de hecho. Sin embargo, hay una cuestión de hecho, y es preciso empezar por ella: ¿puede ser localizado el sentido en una de estas tres dimensiones, designación, manifestación o significación? Se contestará en primer lugar que ello parece imposible para la designación.

 

La designación es aquello que, si se cumple, hace que la proposición sea verdadera; y si no, falsa. Ahora bien, el sentido no puede consistir evidentemente en lo que hace verdadera o falsa a una proposición, ni en la dimensión en la que estos valores se efectúan. Y lo que es más, la designación no podría soportar el peso de la proposición si no es en la medida en que pudiera mostraise una correspondencia entre las palabras y las cosas o estados de cosas designados: Brice Parain ha contabilizado las paradojas que una hipótesis tal hace surgir en la filosofía griega (6). ¿Cómo evitar, por ejemplo, que un carro pase por tu boca? Más directamente aún, Lewis Carroll pregunta: ¿cómo podrían tener los nombres un «respondedor», y qué significa para algo responder a su nombre? Y si las cosas no responden a su nombre, ¿qué les impide perder su nombreg ¿Qué permanecería entonces ‑excepto lo arbitrario de las designaciones a las que nada responde, y el vacío de los indicadores o designantes formales del tipo «esto»‑, desprovistos unos y otros de sentido?

Es seguro que toda designación supone el sentido, y que hay que instalarse de golpe en el sentido para operar cualquier designación.

Identificar el sentido con la manifestación tiene más posibilidades de éxito, ya que los designantes mismos no tienen sentido sino en función de un Yo que se manifiesta en la proposición. Este Yo es sin duda primero, ya que hace empezar el habla; como dice Alicia, «si sólo hablarais cuando se os habla, nadie diría nunca nada». Se concluirá de ello que el sentido reside en las creencias (o deseos) de quien se expresa(7). «Cuando empleo una palabra ‑dice también Humpty Dumpty­ significa lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos... La cuestión es saber quién manda, v basta.» Pero hemos visto que el orden de las creencias y los deseos estaba fundado sobre el orden de las implicaciones conceptuales de la significación, e incluso que la identidad del yo que habla, o que dice Yo, no estaba garantizada más que por la permanencia de ciertos significados (conceptos de Dios, del mundo ... ). El Yo no es primero y suficiente en el orden de la palabra sino en tanto que envuelve significaciones que deben ser desarrolladas por sí mismas en el orden de la lengua. Si estas significaciones se derrumban, o no están establecidas en sí, la identidad personal se pierde, experiencia dolorosa que hace Alicia, en condiciones en las que Dios, el mundo y el yo se vuelven los personajes indecisos del sueño de alguien mal determinado. Por ello, el último recurso parece ser identificar el sentido con la significación.

 

De nuevo nos vemos remitidos al círculo, conducidos a la paradoja de Carroll, en la que la significación no puede ejercer nunca su papel de último fundamento, y presupone una designación irreductible. Pero hay quizás una razón muy general por la que la significación fracasa, y el fundamento hace círculo con lo fundado. Cuando definimos la significación como la condición de verdad, le damos un carácter que le es común con el sentido,

que es ya el del sentido. Pero ¿cómo asume la significación este carácter, cómo lo usa? Al hablar de condición de verdad, nos elevamos por encima de lo verdadero y lo falso, ya que una proposición falsa tiene un sentido o una signi­ficación. Pero, a la vez, definimos esta condición superior sólo como la posibilidad para la proposición de ser verdadera (8).

La posibilidad para una proposición de ser verdadera no es sino la forma de posibilídad de la proposición misma. Hay muchas formas de posibilidad de las proposiciones: lógica, geométrica, algebraica, física, sintáctica ... ; Aristóteles define la forma de posibilidad lógica por la relación de los términos de la proposición con los «lugares» que conciernen al accidente, el propio, el género o la definición; Kant inventa incluso dos nuevas formas de posibilidad: la posibilidad transcendental y la posibilidad moral.

Pero, de cualquier modo como se defina la forma, es un extraño trámite que consiste en elevarse de lo condicionado a la condición para concebir la condición como simple posibilidad de lo condicionado. Es cierto que nos elevamos a un fundamento, pero lo fundado sigue siendo lo que era, independientemente de la operación que lo funda, no afectado por ella: así la designación sigue siendo exterior al orden que la condiciona, lo verdadero y lo falso permanecen indiferentes al principio que no determina la posibilidad del uno si no es dejándolo subsistir en su antigua relación con el otro. Hasta el punto de que perpetuamente nos remitimos de lo condicionado a la condición, pero también de la condición a lo condicionado. Para que la condición de verdad escape a este defecto, debería disponer de un elemento propio distinto de la forma de lo condicionado, debería tener algo incondicionado capaz de asegurar una génesis real de la designación y de las otras dimensiones de la proposición: entonces la condición de verdad se definiría, no ya como forma de posibilidad conceptual, sino como materia o «estrato» ideal, es decir, no ya como significación, sino como sentido.

 

El sentido es la cuarta dimensión de la proposición. Los estoicos la descubrieron con el acontecimiento: el sentido es lo expresado de la proposición, este incorporal en la superficie de las cosas, entidad compleja irreductible, acontecimiento puro que insiste o subsiste en la proposición. Por segunda vez, en el siglo XIV, se hizo este descubrimiento en la escuela de Ockham, por Gregorio de Rimini y Nicolás de Autrecourt. Una tercera vez, a fines del XIX, por el gran filósofo y lógico Meinong(9). Hay sin duda razones para estos momentos: hemos visto que el descubrimiento estoico suponía una inversión del platonismo: del mismo modo, la lógica ockamiana reaccionaba contra el problema de los Universales; y Meinong, contra la lógica hegeliana y su descendencia.

La cuesión es la siguiente: ¿hay algo, aliquid, que no se confunde ni con la proposición o los términos de la proposición, ni con el objeto o estado de cosas que ésta designa, ni con la vivencia, la representación o la actividad mental de quien se expresa en la proposición, ni con los conceptos, o incluso las esencias significadas? El sentido, lo expresado de la proposición, sería entonces irreductible a los estados de cosas individuales, y a las imágenes particulares, y a las creencias personales, y a los conceptos universales y generales. Los estoicos supieron decirlo: ni palabra, ni cuerpo, ni representación sensible, ni representación racional(10). E incluso puede que el sentido fuera «neutro», completamente indiferente tanto a lo particular como a lo general, a lo singular como a lo universal, a lo personal y a lo impersonal. Tendría una naturaleza completamente diferente. Pero ¿es preciso reconocer una instancia tal, suplementaria; o debemos arreglárnoslas con las que ya tenemos, la designación, la significación y la manifestación?

*

En cada época se reanuda la polémica (André de Neufchâteau y Pierre d'Ailly contra Rimini, Brentano y Russell contra Meinong). Y es que, verdaderamente, el intento de hacer aparecer esta cuarta dimensión es un poco como la caza del Snark de Lewis Carroll. Puede que sea la caza misma, y el sentido sea el Snark. Es difícil contestar a quienes quieren bastarse con palabras, cosas, imágenes e ideas. Porque ni siquiera puede decirse del sentido que exista: ni en las cosas ni en el espíritu, ni con una existencia física ni con una existencia mental. ¿Puede decirse al menos que es útil, que hay que admitirlo en razón de su utilidad? Ni siquiera, ya que está dotado de un esplendor ineficaz, impasible y estéril. Por ello decimos que de hecho no puede ser inferido sino indirectamente, a partir del círculo al que nos arrastran las dimensiones ordinarias de la proposición. Solamente hendiendo el círculo, como se hace con el anillo de Moebius, desplegándolo en su longitud, destorciéndolo, la dimensión del sentido aparece por sí misma y en su irreductibilidad, pero también con su poder de génesis, animando entonces un modelo interior a prior¡ de la proposición (11). La lógica del sentido está enteramente inspirada por el empirismo; pero precisamente sólo el empirismo sabe superar las dimensiones experimentales de lo visible sin caer en las Ideas, y acosar, invocar, y tal vez producir un fantasma en el límite de una experiencia alargada, desplegada.

 

*

 

Husserl denomina a esta dimensión última expresión: se dístingue de la designación, de la manifestación y de la demostración (12). El sentido es lo expresado. Husserl, no menos que Meinong, reencuentra las fuentes vivas de una inspiración estoica. Cuando Husserl se interroga, por ejemplo, por el «noema perceptivo» o «sentido de la percepción», lo distingue a la vez del objeto físico, de la vivencia psicológica, de las representaciones mentales y de los conceptos lógicos. Lo presenta como un impasible, un incorporal, sin existencia física ni mental, que ni hace ni padece, puro resultado, pura «apariencia»: el árbol real (lo designado) puede arder, ser sujeto y objeto de acción, entrar en mezclas; pero no el noema de árbol. Hay muchos noemas o sentidos para un mismo designado: lucero de la mañana y lucero de la tarde son dos noemas, es decir, dos modos que tiene de presentarse un mismo designado en unas expresiones. Pero cuando Husserl dice que el noema es lo percibido tal como aparece en presencia, «lo percibido como tal» o la apariencia, no debemos por ello entender que se trata de un dato sensible o de una cualidad, sino al contrario de una unidad ideal objetiva como correlato intencional del acto de percepción. Un noema cualquiera no está dado en una percepción (ni en un recuerdo o en una imagen), tiene un estatuto completamente diferente que consiste en no existir fuera de la proposición que lo expresa, proposición perceptiva, de recuerdo o de representación. Del verde como color sensible o cualidad, distinguimos el «verdear» como color noemático o atributo. El árbol verdea, ¿no es acaso, finalmente, éste el sentido del color del árbol, y el árbol arborifica, su sentido global? ¿Qué es el noema sino un acontecimiento puro, el acontecimiento árbol (aunque Husserl no hable así por razones terminológicas)? Y lo que se denomina apariencia, ¿qué es sino un efecto de superficie? Entre los noemas de un mismo objeto, o incluso de objetos diferentes, se elaboran lazos complejos, análogos a los que la dialéctica estoica establece entre los acontecimientos. ¿Será la fenomenología esa ciencia rigurosa de los efectos de superficie?

 

*

 

Consideremos el estatuto complejo del sentido o de lo expresado. Por una parte, no existe fuera de la proposición que lo expresa. Lo expresado no existe fuera de su expresión. Por ello, no puede decirse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste. Pero por otra parte, no se confunde en absoluto con la proposición, tiene una «objetividad» completamente distinta. Lo expresado no se parece en nada a la expresión. El sentido se atribuye, pero no es en modo alguno atributo de la proposición, es atributo‑ de la cosa o del estado de cosas. El atributo de la proposición es el predicado, por ejemplo un predicado cualitativo como verde. Se atribuye al sujeto de la proposición. Pero el atributo de la cosa es el verbo, verdear por ejemplo, o mejor el acontecimiento expresado por ese verbo; y se atribuye a la cosa designada por el sujeto, o al estado de cosas designado por la proposición en su conjunto. Inversamente, este atributo lógico, a su vez, no se confunde en ningún modo con el estado de cosas físico, ni con una cualidad o relación de este estado. El atributo no es un ser, y no cualifica a un ser; es un extra‑ser. Verde designa una cualidad, una mezcla de cosas, una mezcla de árbol y de aire donde la clorofila coexiste con todas las partes de la hoja. Verdear, por el contrario, no es una cualidad en la cosa, sino un atributo que se dice de la cosa, y que no existe fuera de la proposición que la expresa al designar la cosa. Y de nuevo hemos regresado a nuestro punto de partida: el sentido no existe fuera de la proposición... etcétera.

 

Pero ahora no se trata de un círculo. Es más bien la coexistencia de dos caras sin espesor, de modo que se pasa de la una a la otra siguiendo su longitud. De modo inseparable, el sentido es lo expresable o lo expresado de la proposición, y el atributo de! estado de cosas. Tiende una cara hacia las cosas, y otra hacia las proposiciones. Pero no se confunde ni con la proposición que la expresa ni con el estado de cosas o la cualidad que la proposición designa. Es exactamente la frontera entre las proposiciones y las cosas. En este aliquid, a la vez extra‑ser e insistencia, este mínimo de ser que conviene a las insistencias (13). Es «acontecimiento» en este sentido: la condición de no confundir el acontecimiento con su efectuación espacio‑temporal en un estado de cosas. Así pues, no hay que preguntar cuál es el sentido de un acontecimiento: el acontecimiento es el sentido mismo, El acontecimiento pertenece esencialmente al lenguaje, está en relación esencial con el lenguaje; pero el lenguaje es lo que se dice de las cosas.

Jean Gattegno señaló claramente la diferencia entre los cuentos de Carroll y los cuentos de hadas clásicos: en Carroll, todo lo que pasa, pasa en el lenguaje y pasa por el lenguaje; «no nos cuenta una historia, nos dirige un discurso, un discurso en varios trozos ... » (14). En este mundo plano del sentido‑ acontecimiento, o de lo expresable-atributo, es en donde Lewis Carroll instala toda su obra. De ahí se desprende la relación entre la obra fantástica firmada Carroll y la obra matemático-lógica firmada Dodgson.

Nos parece difícil afirmar, como se ha hecho, que la obra fantástica presenta simplemente la recopilación de trampas y dificultades en las que caemos cuando no observamos las reglas y las leyes formuladas por la obra lógica. No sólo porque muchas de estas trampas subsisten en la obra lógica misma; sino también porque nos parece que la distribución es de otra clase. Es sorprendente constatar que toda la obra lógica concierne directamente a la significación, las implicaciones y las conclusiones, y no concierne al sentido más que indirectamente, precisamente por mediación de las paradojas que la significación no resuelve, o que crea incluso. Por el contrario, la obra fantástica concierne inmediatamente al sentido, y laremite directamente la potencia de la paradoja. Lo que corresponde muy bien a los dos estados del sentido, de hecho y de derecho, a posterior¡ y a priori, según si se lo infiere indirectamente del círculo de la proposición, o si se hace aparecer por sí mismo, desplegando el circulo a lo largo de la frontera entre las proposiciones y las cosas.




Notas:

(1)  Véase la teoría de los «embrayeurs» [engranajes, acopladores], tal y como es presentada por Benveniste, Problemes de linguistique générale, Gallimard, cap. 20. Separamos «mañana» de ayer o de ahora porque «mañana» es, en principio, expresión de creencia y sólo tiene valor indicativo secundario.
(2)  Por ejemplo, cuando Brice Parain opone la denominación (designación) y la demostración (significación), entiende demostración de una manera que engloba el sentido moral de un programa por realizar, de una promesa por cumplir, de un posible a realizar, como en una «demostración de amor» o en «te amaré siempre». Véase Recherches sur la nature et les fonctions du langage, Gallimard, cap. V.
(3)  Descartes, Principes, I, 10.
(4)  Véase en Logique sans peine, ed. Hermann, trad. Gattegno y Coumet. Sobre la abundante bibliografía literaria, lógica y científica, concerniente a la paradoja de Carroll, nos remitimos a los comentarios de E. Coumet, págs. 281-288.

(5) (S.R.) Anexo del anexo: Lo que la Tortuga le dijo a Aquiles (What the Tortoise Said to Achilles-1894), Lewis Carroll. Fuente, Descargar texto: http://www.ugr.es/~fmmanriq/Tort&Aquiles.doc

Aquiles había alcanzado a la tortuga y se había sentado cómodamente sobre su caparazón.
"¿De modo que ha llegado usted al final de nuestra carrera?" dijo la Tortuga. "¿Aún cuando consistía en una serie infinita de distancias? ¿Pensó que algún sabihondo había probado que la cuestión no podía ser realizada?"
"Sí puede ser realizada", dijo Aquiles. "¡Ella ha sido realizada! Solivitur ambulando. Usted ve, las distancias fueron disminuyendo constantemente y asi..."
"¿Pero si hubieran ido aumentando," interrumpió la tortuga, "entonces qué?"
"Entonces yo no debería estar aquí", replicó modestamente Aquiles; "y a estas alturas usted hubiera dado ya varias vueltas al mundo."

"Me aclama - aplana, quiero decir", dijo la Tortuga; "pues usted sí que es un peso pesado, ¡sin duda! Ahora bien, ¿le gustaría oir acerca de una carrera en la que la mayoría de la gente cree poder llegar con dos o tres pasos al final y que realmente consiste en un número infinito de distancias, cada una más larga que la distancia anterior?".

"¡Me encantaría, de veras!" dijo el guerrero griego mientras sacaba de su casco (pocos guerreros griegos poseían bolsillos en aquellos días) una enorme libreta de apuntes y un lápiz. "¡Empiece, y hable lentamente, por favor! ¡La taquigrafia aún no ha sido inventada!"

"¡El hermoso Primer Teorema de Euclides!", murmuró como en sueños la tortuga. "¿Admira usted a Euclides?"
"¡Apasionadamente! ¡Al menos, tanto como uno puede admirar un tratado que no será publicado hasta dentro de algunos siglos más!"
"Bien, en ese caso tomemos solo una pequeña parte del argumento de ese Primer Teorema: sólo dos pasos y la conclusión extraída de ellos. Tenga la bondad de registrarlos en su libreta. Y, a fin de referirnos a ellos convenientemente, llamémoslos A, B y Z.

(A) Dos cosas que son iguales a una tercera son iguales entre sí.
(B) Los dos lados de este triángulo son iguales a un tercero.
(Z) Los dos lados de este triángulo son iguales entre sí.

Los lectores de Euclides admitirán, supongo, que Z se sigue lógicamente de A y B, de modo que quien acepte A y B como verdaderas debe aceptar Z como verdadera, ¿no?"
"¡Sin duda! Hasta el más joven de los alumnos de una Escuela Superior -tan pronto como se inventen las Escuelas Superiores, cosa que no sucederá hasta dentro de dos mil años- admitirán eso."

"Y si algún lector no ha aceptado A y B como verdaderas, supongo que aún podría aceptar la secuencia como valida."
"Sin duda que podría existir un lector así. El podría decir 'Acepto como verdadera la Proposición Hipotética de que si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera, pero no acepto A y B como verdaderas'. Un lector así procedería sabiamente abandonando a Euclides y dedicándose al fútbol."

"¿Y no podría haber tambien algún lector que pudiera decir 'Acepto A y B como verdaderas, pero no acepto la Hipotética?"
"Ciertamente podría haberlo. El, también, mejor se hubiera dedicado al fútbol."
"¿Y ninguno de estos lectores", continuó la Tortuga, "tiene hasta ahora alguna necesidad lógica de aceptar Z como verdadera?"

"Así es", asintió Aquiles.

"Ahora bien, quiero que Ud. me considere a mí como un lector del segundo tipo y que me fuerce, lógicamente, a aceptar Z como verdadera."
"Una Tortuga jugando al fútbol sería..." comenzó Aquiles.
"... Una anomalía, por supuesto", interrumpió airadamente la Tortuga. "¡No se desvíe del tema, Primero Z y después el fútbol!"
"¿Debo forzarlo a aceptar Z, o no?" preguntó Aquiles pensativamente. "Y su posición actual es que acepta A y B pero NO acepta la Hipotética..."
"Llamémosla C", dijo la tortuga; "pero no acepta que:

(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera."

"Esa es mi posición actual", dijo la Tortuga.
"Entonces debo pedirle que acepte C."
"Lo hará así", dijo la Tortuga, "tan pronto como lo haya registrado en su libreta de Apuntes. ¿Qué más tiene anotado?"
"¡Sólo unos pocos apuntes" dijo Aquiles agitando nerviosamente las hojas; "unos pocos apuntes de las batallas en las que me he distinguido!"
"¡Veo que hay un montón de hojas en blanco!" observó jovialmente la Tortuga. "¡Las necesitaremos todas!" (Aquiles se estremeció) "Ahora escriba mientras dicto:

(A) Dos cosas que son iguales a una tercera son iguales entre sí.
(B) Los dos lados de este triángulo son iguales a un tercero.
(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera.
(Z) Los dos lados de este triángulo son iguales entre sí."

"Debería llamarla D, no Z", dijo Aquiles. "Viene después de las otras tres. Si acepta A y B y C, debe aceptar Z."
"¿Y por qué debo?"
"Porque se desprende lógicamente de ellas. Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera. No puede discutir eso, me imagino."
"Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera", repitió pensativamente la Tortuga. "¿Esa es otra Hipótesis, o no? Y, si no reconociera su veracidad, ¿podría aceptar A y B y C, y todavía no aceptar Z, o no?"
"Podría", admitió el cándido héroe, "aunque tal obstinación sería ciertamente fenomenal. Sin embargo, el evento es posible. De modo que debo pedirle que admita una Hipótesis más."

"Muy bien, estoy ansioso por admitirla, tan pronto como la haya anotado. La llamaremos 'D'. Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera. ¿Lo ha registrado en su libreta de apuntes?"
"¡Lo he hecho!" exclamó gozosamente Aquiles, mientras guardaba el lápiz en su estuche. "¡Y por fin hemos llegado al final de esta carrera ideal! Ahora que ha aceptado A y B y C y D, por supuesto acepta Z."
"¿La acepto?" dijo la Tortuga inocentemente. "Dejémoslo completamente claro. Acepto A y B y C y D. Suponga que todavía me niego a aceptar Z."
"¡Entonces la Lógica le agarraría del cuello y le forzaría a hacerlo!", replicó triunfalmente Aquiles. "La Lógica le diría, '¡No se puede librar. Ahora que ha aceptado A y B y C y D, debe aceptar Z!' De modo que no tiene alternativa, Ud. ve."
"Cualquier cosa que la Lógica tenga a bien decirme merece ser anotada", dijo la Tortuga, "de modo que regístrela en su libro, por favor. La llamaremos
 'E' Si A y B y C y D son verdaderas, Z debe ser verdadera. Hasta que haya admitido eso, por supuesto no necesito admitir Z. De modo que es un paso completamente necesario, ¿ve Ud.?"
"Ya veo", dijo Aquiles; y había un toque de tristeza en su tono de voz.

Aquí el narrador, que tenía urgentes negocios en el Banco, se vio obligado a dejar a la simpática pareja y no pasó por el lugar nuevamente hasta algunos meses después. Cuando lo hizo, Aquiles estaba aún sentado sobre el caparazón de la muy tolerante Tortuga y seguía escribiendo en su libreta de apuntes que parecía estar casi llena.
La Tortuga estaba diciendo, "¿ha anotado el último paso? Si no he perdido la cuenta, ese es el mil uno. Quedan varios millones más todavía. Y le importaría, como un favor personal, considerando el rompecabezas que este coloquio nuestro proveería los Lógicos del siglo XIX. ¿le importaría adoptar un retruécano que mi prima la Tortugacuática Artificial hará entonces y permitirse ser renombrado 'Aquiles el Sutiles'?"
"¡Como guste!", replicó el cansado guerrero con un triste tono de desesperanza en su voz, mientras sepultaba la cara entre sus manos. "Siempre que usted, por su parte, adopte un retruécano que la Tortugacuática Artificial nunca hizo y se permita renombrarse 'Tortuga Tortura".

(6)  Brice Parain, op.cit. cap. III.
(7)  Véase Russell, Signification et vérité, ed. Flammarion, trad. Devaux, págs. 213-224.
(8)  Russell, op. cit., pág. 198: «Podemos decir qué todo lo que es afirmado por enunciado provisto de sentido posee una cierta especie de posibilidad.»
(9)  A. Hubert Elie, en un excelente libro (Le Complexe significabile, Vrin, 1936), expone y comenta las doctrinas de Gregorio de Rimini y de Nicolas d'Autrecourt. Muestra su extrema semejanza con las teorías de Meinong, y cómo una misma polémica se reproduce en el siglo XIX y en el siglo XIV; aunque no indica el origen estoico del problema.
(10) Sobre la diferencia estoica entre los incorporales y las representaciones racionales, compuestas de trazos corporales, véase E. Bréhier, op. cit., págs. 16‑18.
(11) Veanse las observaciones de Albert Lautrnan sobre el anillo de Moebius: “tiene nada más que un lado, y ésa es una propiedad esencialmente extrínseca, puesto que para dar cuenta de ella es necesario partir el anillo y destorcerlo, lo que supone una rotación en torno de un eje exterior a la superficie del anillo. Es sin embargo posible caracterizar esta unilateralidad por una propiedad puramente intrínseca..”, etc. Essai sur les notions de structure et d'existence en mathérnatiques, ed. Hermann, 1938, tomo I, pág. 51.
(12) No tenemos en cuenta el empleo particular que Husserl hace de «significación» en su terminología, ya sea para identificarla, ya para unirla a «sentido».
(13) Estos términos, insistencia y extra‑ser, tienen su equivalente en la terminología de Meinong como en la de los estoicos.
(14) En Logique sans peine, op. cit., prefacio, págs. 19‑20.

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Texto extraido de «Lógica del sentido», Gilles Deleuze, Serie tres, editorial Paidós, Barcelona, España, 1989.
Traducción: Miguel Morey
Edición original: du Minuit, París, 1969.
Selección, nota inicial y destacados: Sergio Rocchietti.
Para consultar la obra de Deleuze en la web, descargar texto : http://www.philosophia.cl/biblioteca/Deleuze/L%F3gica%20del%20sentido.pdf

Con-versiones Junio 2010

 

 

 

        

 

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