Abrigo de Claudia Masin (*)
Mercedes Araujo
El abrigo o manto es el símbolo de quien lo lleva y es por ello, que dar abrigo a otro u ofrecer nuestro manto, es una manera de brindarse a sí mismo. También, el abrigo puede representar un lugar al cual llegamos para defendernos de los vientos. Hoy nuestro abrigo es el libro de Claudia Masin.
Iniciamos la lectura de los poemas y comienza a inscribirse en nuestro interior la sensación de estar en medio de un camino, o en un alto del mismo, o simplemente por partir o recién llegados. El movimiento no importa, lo que importa es que si andamos, tanto como si vivimos, hay un momento en el que deseamos encontrar el resguardo, a ese quien hará de sí un abrigo. La lectura de los poemas que deviene en encuentro nos convierte tanto en quien busca como en quien es elegido oyente/confidente del yo, que ruega, implora la escucha silenciosa de aquel a quien habla.
El yo de Abrigo si bien se formula en el decir, sólo se produce en el encuentro; es alguien a quien el amor falta pero es en la posibilidad de la falta enunciada que ese alguien se narra, es alguien a quien el aire enferma, pero es en esa enfermedad contada que se vislumbra.
Los poemas del libro son intensos y escuetos tanto que por momentos parecen susurros, confesiones o preguntas dichas en el tono íntimo de una conversación que solamente se pude dar entre espíritus o cuerpos extremadamente cercanos.
Además del encuentro entre quien lee y quien se cuenta, se hace explicita una conversación íntima con la escritora Katherine Mansfield en la que tanto Mansfield como Masin confluyen en un decir de la proximidad, una escritura de lo que solo es dicho entre dos personas que se arriman suavemente una a la otra y que suavemente también, cambian sus impresiones acerca del dolor, el amor, el aire, el ser o la ausencia de ellos como verdaderos, solo y en tanto, permitan su devenir en escritura.
Los poemas de abrigo conmueven agudamente, tanto como nos conmueve nuestra propia experiencia de la enfermedad, el desamor y el desamparo. Pero además, nos arrancan de la comodidad ilusoria que nos hace pensar que en ese vivir/sufrir se agota la laboriosidad del ser. No hay ser enfermo, desamado, sorprendido, maravillado o triste hasta que suavemente, casi en susurros haya logrado transmitir a otro, los fulgores, las vacilaciones, el esplendor fugaz de haberlo sido. Habitualmente este tipo de encuentros se produce en el resguardo o abrigo, que por su propia esencia es efímero. Todos sabemos con mayor o menor certeza, que estar a salvo de los peligros de vivir es siempre un estado transitorio. Se puede, con más o menos conciencia, abrazar la idea de una felicidad posible, pero lo cierto, parece decirnos Masin, es que la felicidad no se encuentra en una instancia de la realidad sino que es efecto o impresión frente al cual el corazón es susceptible si se lo habitúa a la contemplación y si de la contemplación nace la revelación de ser ante otro.
La felicidad en la poesía de Claudia, no ya solo en este libro, sino también en los que lo anteceden, parece ubicarse en la excavación de la memoria, en el retorno obstinado del camino que nos lleva al lugar de partida, en el calado de los recuerdos, en los jirones del vestido de quien aún desfalleciendo y pobre, no deja de andar porque sabe que el camino conduce pero no realiza, que el abrigo está en la parada, en el encuentro con el otro, ese otro que por el hecho de andar extraviado, en el mismo lugar y en el mismo momento, se revela confidente, amante, alma afín.
Esta mirada de la felicidad nos permite crear un vínculo lúcido con la posibilidad de ser, ya que el ser no es más que aquel que se modifica, escapa y, finalmente, se arroja siempre contra sí mismo y las propias fronteras.
En la enfermedad padecemos pero también nos inventamos de igual manera que en la memoria de lo perdido comienza, para no acabar, un andar errabundo y obstinado con hacer familiar lo extraño. El amor o su falta nos permite desvanecer al destino mismo. No hay destino, o el amor no es un destino, sino tan solo un alto en el camino que nos permitirá a través de la evocación íntima, iniciar la posibilidad de ser.
La primera serie de poemas se abre con el epígrafe de Mansield que enuncia “todo debe ser dicho con cierto sentido misterioso, con un brillo, un resplandor crepuscular”. En esta primera serie se nos dice la enfermedad, “de respirar este aire estoy enferma” o “no respiro, alimento de mí el aire”.
Estoy enferma pero no es en esa enfermedad que soy sino que es en esta enfermedad en la que puedo decirme. En Masin el ser se hace posible por obra y gracia del lenguaje, proponiendo que no hay otra razón para mi enfermedad que la que me permite decírtela “Quisiera que me cuides como se cuida a aquellas personas enfermas que ignoran la grave naturaleza de su mal: suavemente, sin ningún gesto rotundo de amor que las alarme, les revele la naturaleza de su mal”.
En la segunda serie de poemas, la poeta aborda el tema central de toda su obra, la infancia, como el territorio perdido de un goce perfecto del que sólo se tienen noticias cuando es posible imaginarla de nuevo, así nos dice “Paso los días leyendo, al fondo del jardín, entre los álamos, libre y desamparada como una niña cuya presencia en la casa los adultos no recuerdan”.
El recuerdo imaginario de la infancia, la reconstrucción libre de esta, la memoria engañosa de la niña que da cuenta de sí en la posibilidad que le da ser ignorada por los adultos; los secretos y cuchicheos que algo fundamental contenían pero que hemos olvidado, parecen la razón de ser de la escritura de Masin. En un poema de esta serie la autora nos dice “Cuidar lo que no tiene cura: el cuerpo, aunque más no sea porque todavía contiene ese secreto que nos decíamos, de niños, al oído y que ningún adulto recuerda”. No hay pretensión realista en estos poemas, tampoco la pretensión naturalista de abordar una experiencia vital y perecedera, como puede ser la infancia, no hay romanticismo, no hay una versión de la felicidad allí que deba ser conservada.
La particularidad de la obra de la poeta es haber entendido y por lo tanto habernos ayudado a vislumbrar que no hay algo como una infancia a la cual regresar, sino un estado del corazón, en el que los recuerdos libremente elegidos y armados desempeñan el papel principal y que intentar dotar de sentido a la infancia es un acto de voluntad que será infructuoso. El estado del alma al que comúnmente llamamos infancia es profundamente misterioso y la poesía se ha ensañado en el esfuerzo de abordarlo. Por eso quizá haya tantas infancias posibles en uno como encuentros con alguien a quien narrarla existan, no hay otro retorno posible, la infancia no son caminatas felices ni la certeza de un universo inocente y lúdico. Pero además, es en relación a la infancia, cuando el yo encuentra la mayor dificultad para narrarse porque no hay traducción posible, es el misterio de lo que no tiene sentido: “A veces sueño con el contorno que tu mano abriría si tocara el aire que rodea mi cuerpo, como toca la música las notas invisibles de las que está compuesta”.
La tercera sección se abre con el epígrafe de Mansfield que dice: “Hablame, estoy sola, no tengo ni un alma”.
El relato íntimo continúa pero como en toda conversación se produce un silencio que deviene el fruto de una duda fundamental ¿seguís ahí? ¿estás? Interroga a su interlocutor-confidente-cuidador-amante. Qué estás haciendo. No trates de entender, ni darle sentido a lo que digo. No induzcas sentido porque entonces, la violencia de tu certeza me liquidará, me cristalizará. Es brutal la precariedad en la que nos emplaza esta nueva perplejidad del ser que se construye al narrarse, ya que –parece decirnos- si para ser necesito que me oigas contarme, entonces si no estás muero, pero también me pierdo, si aún, con la mejor intención intentás concebir, explicar, ordenar lo que estoy diciendo. “No te pido que comprendas,/te pido que me escuches en silencio/ cuando hablo, algunas noches, un idioma/ que yo misma desconozco y que me aterra”.
La cuarta serie de los poemas, intenta, luego del desconcierto que ha producido el advertir, que todo lo dicho, debe escaparse de si mismo, para abrir la posibilidad de ser nuevamente, una y otra vez, dicho en otro alto del camino, en otra noche, frente a otro interlocutor amante.
Será vitalmente necesario volver a arrimarse suavemente y suavemente también volver a intercambiar impresiones. La narración debe una y otra vez recrearse, retomarse, porque de lo contrario uno muere. El epígrafe de Mansfield nos adelanta la interrupción de la conversación íntima con el otro. “Ha cambiado todo para siempre. Ni la apariencia del mundo es la misma....algo se ha agregado....cada cosa tiene su sombra”.
Los poemas que siguen son brevísimos y narran el silencio del espíritu y anuncian la partida. El alto en el camino es, como dijimos, siempre transitorio; recuperar el ser a través de narrar la ausencia es esencialmente fugaz. La despedida es inminente. “He perdido la vida y no el habla. Quisiera/ pronunciar la palabra que me haga real,/ pero el lenguaje es vasto y no acierto” o “Descanso de mi como ciertas flores del desierto, arrancadas del tallo, descansan en la arena: sin esperar nada, ni la lluvia ni la muerte”
Llegando al fin de esta conversación percibimos que la que habla pudo instalar una vez más su identidad en el límite. Amor, terror, piedad, dolor, maravilla y todas las otras múltiples impresiones a las cuales el corazón es susceptible, fueron dichas rememorado el misterio, pero hay que partir, porque el encuentro es fugaz y el abrigo es precario.
Nos queda la salvaguarda del recuerdo de haber sido. Emprender el camino nuevamente, nos permitirá entonces, borrar todo sentido clausurante, cualquier atisbo de interpretación cristalizadora. “Quisiera que me hables, como si tu voz hubiera sido la primera que escuché/ sobre la tierra, el molde de todos los sonidos/ que vinieron después y también/ lo que me llevo conmigo al lugar al que regreso.” En el poema que cierra el libro se nos dice: “El fondo de las cosas es opaco./ No está allí, la preciosa/ serenidad que prometiste.” Aparece el sentido de la catástrofe frente a la certeza de la pérdida, sí, pero luego queda el blanco, el silencio en el que sobreviene el alivio, el consuelo de lo precario en la experiencia de haber sido a través del narrarse: si en lo que te conté obtuve materialidad, por suerte es transitoria, y ahora se diluye. Hasta el próximo encuentro en el abrigo del camino.
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(*) Abrigo… fue leído en marzo de 2008 en la Feria del Libro, Chaco, Argentina.
Selección: V.G.
Con-versiones julio 2010
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